Si uno está de cara al público se supone que tiene que poner buena cara, ¿no? Eso no significa que tus medidas sean 90-60-90 y hayas participado en alguna campaña de
dientes profidén, sino que requiere ciertas cualidades como la paciencia, la claridad al hablar, la amabilidad,... Tiene que parecer que eres muy simpático y muy agradable y que sólo tienes ganas de ayudar al personal, aunque tú seas absolutamente insociable. Eso es lo primero que tiene que aprender cualquiera que se dedique a la atención al cliente, ya sea en una tienda, como en una taquilla,... Es más, tampoco viene mal encontrarse de vez en cuando con alguien que es capaz de darte una dirección o la hora o lo que sea con una sonrisa en la boca -con o sin profidén.
Bien, pues esa clase se la saltan muchos, o por lo menos pasan de tenerla en cuenta. Ayer fuimos a Valencia. Nos pareció bonita la ciudad, y mucho más grande de lo que pensábamos, pero eso ya os lo contaremos con alguna foto...
Al salir de la autopista, la chavala a la que le tocó clavarnos los casi 13 euros de peaje -más caro que la gasolina, pero bueno- nos soltó la cantidad en valenciano. A mí me pareció estupendo que fuera bilingüe, pero me resultó chocante que se equivocara de idioma al dirigirse a un coche que casualmente llevaba matrícula de Jaén. Cuando Álvar le pidió que lo repitiera, lo miró con un gesto de desprecio irrepetible (o no) y le señaló una pantalla que tenía escondida en su cabina.
Llegamos a la ciudad, dimos una vuelta con el coche para ir "ubicándonos" y aparcamos para entrar en la oficina de turismo y pedir un plano del centro. Unas calles más abajo, nos paró un matrimonio francés para preguntarnos dónde estaba la catedral, pero no pudimos ayudar porque aún no teníamos ni idea... Ya en la oficina de turismo comprendimos lo que pasaba: la mujer que atendía allí (cuando conseguía despegarse del teléfono, que ejercía sobre ella una fuerza de atracción asombrosa) cogía el mapa del revés, e indicaba con los brazos justo en el sentido contrario del que estaban las cosas, de forma que tú pensabas -como los franceses- que había que ir hacia abajo y a la derecha pero en realidad era hacia arriba y a la izquierda... Por lo menos fue más simpática.
La mejor fue la de la taquilla del oceanográfico de la
Ciudad de las Artes y las Ciencias, que no quiso vendernos las entradas. ¿Por qué? Porque "no, no te da tiempo a verlo. Se ve en 4 horas y son las 4 y cerramos a las 8:30". Eso pudimos entenderlo, a pesar de que quedaban cuatro horas y media, que son más que cuatro horas sólo. (Yo pensé que 4 horas viendo peces corriendo en círculos debe ser lo más parecido al purgatorio, pero no dije nada porque está feo, como cuando digo que me da sueño con los documentales de la 2).
Entonces, como no nos dejaba entrar a ver a los peces, preguntamos cuánto se tardaba en ver el museo de las ciencias. Esta vez no se pudo aguantar. Soltó un grito que se oyó en el otro extremo del parque y dijo en un tono insultante que arrasó la frontera de la mala educación: "¡CABALLERO! ¡Cómo te va a dar tiempo si se tardan de 2 a 3 horas! Pues venís mañana" (Hale, tú decides cuándo viajo yo.) Abrimos los ojos como platos. Tenemos la mala costumbre de asombrarnos cuando nos toca algún individuo de esta categoría en vez de exigirle un poco de educación. Atónitos los dos le preguntamos "¿pero no cerrábais a las 8:30?".
Al final la colega accedió a vendernos dos entradas. Desde luego si dura una semana allí hunde el negocio, porque después de nosotros siguió llegando gente que iba con el tiempo todavía más justo... Por cierto, pudimos ver el museo entero, sentarnos a tomar algo y cuando salimos aún había algún rezagado entrando...
Por eso da tanta alegría encontrarse con gente amable que te sonríe cuando te vende el pan, que te da los buenos días cuando te acercas a la taquilla,... ¡Porque es que encima cobran por ello! Eh, y yo también he estado en el otro lado, también te hace sentir mejor que te pidan las cosas por favor, que te den las gracias, que esbocen una sonrisa... pero esa es otra historia.